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jueves, 3 de noviembre de 2016

Los límites de la ficción






Me confieso una maniática del límite. Necesito controlarlo. Al comenzar un libro o al hojear una revista siempre tengo la obsesión de ir al final y comprobar cuántas páginas tiene. Lo mismo me ocurre al pulsar el PLAY ante un vídeo o una película. Conocer el tiempo de metraje me ayuda a relajarme en el asiento y disfrutarlo como una espectadora más.

Sé que es una necesidad muy mía esta de controlar las experiencias. ¿Una neurosis? No lo sé. Jamás se lo pregunté a ningún psicoanalista. Aunque Woody Allen no hace más que pagar divanes y tras ver sus últimas películas (no muy largas, todo sea dicho) me pregunto si de verdad le sirven para algo. Yo prefiero ir a lo práctico. Liberar mis chifladuras con manías soportables: no pedir tostadas si la mermelada no es de fresa, no escribir una línea si no dispongo de un mínimo de dos horas por delante y no comprar en Renfe sin haber revisado tres veces que la fecha y el destino son correctos.

Ser una maniática del control es similar a cuando te sale un grano: a veces molesta, pero no da demasiados problemas. Sólo incomoda de vez en cuando. Como esas ocasiones en las que compras una hora de masaje y lo pasas francamente mal sin un reloj que te chive cuánto tiempo de placer te queda. O cuando te invitan a un vino caro y eres incapaz de disfrutarlo mientras calculas cuánto cuesta la copa, el sorbo o la gota que cae de la botella.

Os parecerá divertido. Pero se vuelve un asco con las situaciones difíciles. Las verdaderamente cruentas. Te sientes como Sandra Bullock en mitad del espacio sin nada tangible a lo que agarrarte.

A los neuróticos nos resulta muy angustioso desconocer cuánto va a durar el tiempo de tortura. En las ocasiones terribles pagaríamos por una pitonisa de confianza. Llevo tiempo pensando en esto y en mi vinculación con la escritura. Porque está relacionado, os lo prometo. Tras unos cuantos años de auto-análisis sé que acotar las situaciones con límites nos ayuda a sentirnos confortados.

Pienso en ello durante estos días en los que me ocupo de mis nuevos personajes. Crear novelas es difícil, pero no tanto como encontrar un final digno para cada historia. A pesar de ello, creo que los escritores tenemos mucha suerte: jugamos con la realidad de otros y decidimos dónde detenerla. ¿Una prolongación de nuestras ansias del control? Probablemente.

A veces envidio a mis personajes. Qué suerte ser ellos y disponer de coto privado. Cerrar la contraportada de sus vidas sabiendo que no queda nada por resolver. Lo es así para la mayoría. Al menos de todos los míos, de los que yo he creado hasta ahora. Para bien o para mal, no quedan interrogantes en sus historias (Qué os pensáis. No soy una autora tan cruel).

El verdadero problema es cuando te encuentras a mitad de la composición y con los personajes suspendidos en el aire. Cuando no sabes qué va a ocurrir con sus destinos y llega la impaciencia. Te muerdes las uñas. Te arrancas el pelo. Te duchas con la crema suavizante en lugar de con el jabón.

Es un completo desatino. Arrasa con tus rutinas. Y reniegas al cielo por haberte otorgado este oficio contradictorio. Éste en el que se te exigen respuestas. Apenas eres capaz de mantener a raya tus propias manías y te cargan con la responsabilidad de velar por la vida de otros. Como si fueras capaz de aportarles soluciones. Como si se hubieran invertido los papeles y esta vez fueras tú el psicoanalista.

Pasas los días como un zombi en cuarentena hasta que entonces, de repente, se enciende la luz. Distingues la bombilla que habías estado buscando y regresas a la zona de confort. Todo cobra sentido. Y te da rabia por no haberlo palpado antes.

Te sientes una estúpida por la tardanza. Y piensas que si en la vida todo fuera tan fácil, abrirías una consulta en la que colocar un diván barato, de esos de IKEA. Que la literatura no da mucho dinero. Sólo bagaje y un campo de ensayo. Tu propia zona beta. Un mundo paralelo en el que resolver tus dilemas.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Un respeto



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Recuerdo que cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, tuvimos unos meses de discutir por cada tontería que se interpusiera entre nosotras. El ambiente era insoportable. La hermana pequeña se erizaba a cada detalle, reivindicando su hueco, mientras la mayor se imponía para no ceder su lugar en la jerarquía. Eso que sucede en las mejores familias. 

Hasta que, una mañana, mi madre se hartó. Y saturada de tanto chillido, tanta disputa y tanto caos, agarró la cabeza de cada una de nosotras y nos las juntó por la frente. Nos mantuvo así unos segundos, obligándonos a permanecer pegadas hasta que nos pidiéramos perdón.

Supongo que era un adelanto de los tiempos que nos tocaría vivir. Pues, tras la lección aprendida, he llegado a la conclusión de que muchos más padres deberían haber juntado las cabezas de sus hijos.

La bronca, los insultos y la falta de maneras se han instalado en el día a día con una sutileza que resulta alarmante. Es como si el mundo se hubiera convertido, de repente, en el Hill Valley alternativo de Biff Tannen.  Mantener el canal en la parrillas de la televisión es un acto de valentía. Al igual que atender a cualquier debate. Y no sólo en las ondas hertzianas. La cosa se ha vuelto tan común que ya apenas nos sorprenden los modos que se gastan en el Congreso, en las redes sociales o incluso en las cenas de Nochebuena.

¿Qué está pasando? Algo grave ha sucedido para que incluso pierdan las formas los que más deberían dar ejemplo de las mismas. Es como si el formato televisivo berlusconiano fuera un virus más potente que esos con los que se empeñan en asustarnos cada cierto tiempo por la tele. 

De veras me planteo que la educación de mis padres no fue la correcta. No son tiempos para el respeto. Observo a amigos que tienen hijos y que se confiesan incapaces de educar a niños respetuosos en un ambiente de la ley del que más grita.

Pienso que algo falla cuando todo esto ocurre. Procuro enfriar mis rabietas y hallar explicaciones. Pero cuando me entero del nuevo sainete protagonizado por los Ministerios de Hacienda y Cultura vuelvo a encabritarme.

Ahora resulta que, por un fallo administrativo, los Premios Nacionales de Cultura (entre los que está el Cervantes, no lo olvidemos) se encuentran suspendidos hasta nuevo aviso. Según el artículo, todo se debe a un bloqueo en la cuenta que ha de suministrar el dinero y, como era de esperar, los respectivos ministerios se echan la culpa uno al otro mientras el resto atendemos ojipláticos.

Tal vez este sea de los pocos espectáculos que aún nos queden, al paso que vamos. ¿Es esta la Marca España que debemos vender al mundo? ¿Un país en el que la reivindicación de su cultura importa tan poco que hasta acaba olvidándose? ¿Un lugar en el que el fomento de la lectura es algo tan anecdótico como alarmante?

Me hago estas preguntas y regreso a la imagen de mi madre, juntándonos las cabezas no por hartazgo, sino por indefensión: la de una madre que se negaba a admitir que nos perdiéramos el respeto a nosotras mismas.

Puede que todo sea cuestión de eso, de parar un momento. De análisis. De calma. De sosiego y de lecturas. Y puede, ingenua de mí, que esta sea la respuesta que iba yo buscando. La que me planteaba al inicio de mi texto. Tal vez sea una cuestión de cultura. Esa que tanto nos hace falta.


domingo, 10 de julio de 2016

Steiner y la guerra del click




Por culpa de la entrevista a George Steiner (esa que todos nos dedicamos a rebotar en redes estos días) el sábado bajé a comprar El país en su versión en papel. Hacía mucho tiempo que no acudía a un kiosco a por la prensa de fin de semana y me sorprendí a mí misma recordando ese gesto tan propio del cretácico de mi vida.

No me había bastado con leer a Steiner en mi ordenador. Los argumentos eran tan acertados y sus palabras tan inspiradoras que me entró un impulso febril de conservarlas. Me resistía a perderlas en ese cajón inabarcable que es la nube de internet.

Es lo que tienen los unos y ceros, que siempre se olvidan. Cuando las cosas no ocupan espacio es difícil calcular su valor. Se vuelven intangibles. Nos ha pasado con los discos y también con las películas. Antes, cuando los adquirías, los ponías una y otra vez hasta aprendértelos de memoria. Amortizabas ese objeto en el que habías empleado el valor de tres pagas. Pero claro, entonces la cultura tenía un valor y el dinero también jugaba un papel importante.

Al día siguiente de comprar El país (no encontré un hueco a lo largo del sábado) me preparé el desayuno y me senté a degustar de nuevo las palabras de Steiner, esta vez en papel. Hojeé el periódico en busca del Babelia y me alarmé al descubrir un detalle: la de noticias que me habían pasado desapercibidas el día anterior en la versión web.

No parecía el mismo periódico. Era como si alguien se hubiera dedicado a salpicar las tripas del diario con noticias de rango inferior. Informaciones nuevas.

Alarmada, me pregunté si sería por mi culpa. Las primeras planas se nutren de rótulos estrambóticos cuya única misión es que los peces piquen. Ha sido a modo de goteo, apenas sin darnos cuenta. El avance del digital ha supuesto también el atraso del paladar. Basta con el titular y su peligrosidad.

Recuerdo a mi padre leyendo religiosamente la prensa dominical. Pagaba un dinero para estar informado. Ahora ese gesto casi ha desaparecido en favor de la guerra del click. Cuantos más clicks mejor. No importa que la frase de inicio no tenga nada que ver. Da igual. Tú haz click.

El periodismo es una profesión con una dicotomía curiosa. Se asocia a la rapidez, a la premura de la información, cuando también es preciso recordar su necesaria maceración y el reposo en muchas de sus vertientes.

Al hilo de esto, el martes descubrí un maravilloso documental en la 2 sobre el periódico El caso. Explicaba perfectamente esta dicotomía: a pesar de la premura de la publicación semanal y de que sus reporteros tenían que trasladarse rápidamente a cualquier lugar de la geografía, se les permitía impregnarse de la noticia para trasladarla de manera empática. Y aseguran que esa fue una de las claves de su éxito.

Ahora todo eso, al igual que el periódico El caso, es historia. Nos basta con el esqueleto. Nos hemos quedado en un esquema libre de contenido. Nadie se detiene a leer por lo que ha pagado porque, generalmente, no lo paga. Y tal vez ahí esté la trampa. Asociamos el valor de las cosas a lo mucho o poco que nos cuesta adquirirlas.

Mientras terminaba el desayuno con el buen regusto de la entrevista de Steiner, pensé que volvería con los ojos cerrados a la época de la prensa pagada. Regresaría a las buenas costumbres; a los domingos con formato de papel. Y tras pensar todo esto cerré el periódico dispuesta a recuperarlas. A dedicar una mañana del fin de semana a ejercitar mi paladar. Ahora el problema está en ver qué periódico. Encontrar uno que no esté echado a perder.qiuepapel. Ahora el problema sersa escrita pagada. A recuperar las buenas costumbres. z ahl formato papel. Ahora el problema ser



jueves, 7 de mayo de 2015

Los muertos




Qué denostadas están las historias de guerra. Para algunos, la Guerra Civil, la nuestra, la de siempre, irradia un tufo rancio donde anidan las polillas. Se resisten a recordar esa época como al que le dan pereza los muebles de la abuela. Les suena a caduco, a desacompasado.

Yo soy una persona de obsesiones. De hecho, me fascina la gente muerta. Tiene cierto morbo recomponer los restos de una historia que ya sucedió. Es como pegar los trozos de un jarrón del que nadie te asegura que encuentres todas las piezas. Pues la aventura está, precisamente, en la búsqueda.

De Miguel y su poesía supe hace ya muchísimo tiempo. Aunque, irónicamente, siento que todo lo suyo hubiera ocurrido ayer. Su biografía me parece tan vívida, sus fotografías tan cercanas, que me resisto a creer que sucediera hace más de 70 años.

Los muertos vuelven a cobrar vida cuando visitamos sus escenarios, como si hubieran dejado allí un rastro real de ectoplasma. Se percibe la fuerza de Miguel, que irradia todo lo que le queda por decir. Se le escucha en su higuera de Orihuela, en el río Jarama donde fue detenido por escribir versos o en la cárcel de Conde de Toreno. Lugares que siguen existiendo, que claman en voz baja por su muerto, que no han hecho más que entrecruzarse con otras vidas que no conocen nada de lo anterior.

Al igual que en el Foro de Roma —un lugar que alguien con nombre, apellidos y gente que le quiso, colocó en esa explanada hace más de 2000 años—, necesito pasar la mano por la puerta de la casa de Miguel. Acariciar ese pedazo de madera que abrió y cerró tantas veces. Imaginarme al hombre en su proceso cotidiano, vacío de significado. Me hace pensar en todo lo que fue, lo que es y lo que queda de cualquier persona. En la condena del olvido.

Cuando somos pequeños nos presentan a los escritores desde la frialdad de unas líneas de biografía. Un escaparate del que sólo nos exigen memorizar una serie de datos. Cuánto bien haría para cada estudiante conocerlos de otra manera. Entender lo que sentían, lo que les obsesionaba, sus aciertos y sus desdichas. Ponernos en su piel para sentirlos como personas que pensaban, que respiraban. Que amaron y sufrieron. En definitiva: gente real.

Si uno entiende al ser humano, se vincula con su causa. No ve la Guerra Civil como algo pasado y caduco, algo que acaba asociado a un frío listado de fechas. Y entonces puede comprender la rabia. Y la impotencia. Entendería el idealismo de tanta gente que murió abrazada a una causa, que lo hizo por todos los que llegábamos detrás. Se daría cuenta de lo desagradecidos que somos como generación. En épocas tan críticas, la belleza del ser humano aflora. La compasión se polariza, aunque también, por desgracia, lo hace el horror.

Entiendo a Josefina enamorada de Miguel, de aquel chico inteligente, soñador, altruista. Aquel que iba y venía de Madrid y que ella podía disfrutar de manera intermitente. Puedo imaginar los anhelos nocturnos, acostada en su cama, recreando el próximo reencuentro. Perfilarle mentalmente con su maleta ajada bajando del tren. Añorando una felicidad que acotaba con límites: “Cuando la guerra se acabe, cuando todo esto pase…”.

Qué triste es saber que el tiempo de Miguel no fue suficiente. Que la desgracia estaría presente hasta en sus últimas palabras. Aquellas que pronunció, muriéndose de ahogo y de pena mientras agonizaba en la cárcel de Alicante.

Si alguien llegara del futuro y nos anunciara nuestras desdichas, tal vez no tendríamos el coraje de soportarlas. Es la premura y la inmediatez lo que nos hace afrontarlas sin remedio.

Josefina, ya viuda, tuvo que encerrarse en casa con el silencio y su hijo huérfano. Condenarse por sí misma al olvido. Actuar como si el ardor que sintió un día, jamás hubiera existido. Por amor a unos. Por el odio de otros. Temiendo a personas que, a su vez, temían a las demás. Y entre temores y odios, dale, que dale, dale.

De veras creo comprender a Josefina. Desde lo cotidiano, sé que la entiendo. Repaso las fotos de Miguel, y detecto un rostro contemporáneo a cualquiera de los chicos de mi generación. Un joven menudo, de ojos azules (o tal vez verdes). 

La obsesión aflora, pues el tono del iris no se distingue en el blanco y negro. Y me pregunto: “¿Quedará alguien vivo al que preguntarle de qué color eran los ojos de Miguel?”. Deseo que esa persona, antes de morir, se lo cuente a alguien.

Sí, me obsesionan los muertos. En todos y cada uno de sus detalles.


martes, 27 de enero de 2015

Sumas y restas


Lo de que la vida es coincidencia hace años que me parece un hecho consumado. Hay determinadas situaciones que se revelan como fruto del azar o, tal vez, del destino, y una no para de relacionar unos eventos con otros, como si la vida fuera el resultado de un plan maquiavélico.

Dicen que así, por mera casualidad, existimos los seres humanos. Y según las teorías de Stephen Hawking, formamos parte de un todo que podría resumirse en una ecuación simple. Elegante. Sin más.

No puedo evitar relacionar La teoría del todo, la película que narra la apasionante vida de Stephen Hawking, con otro de esos recientes films biográficos que hablan de personas talentosas: Big eyes, dedicada a la pintora Margaret Keane. Tanto Big eyes como la cinta de Hawking, se nos presentan casi a la vez en el tiempo. Puede que por simple azar. Sin embargo, tanta coincidencia no me deja indiferente.

Es un hecho casi asumido que lo de tener talento se las trae. Suele conllevar un sufrimiento parejo. El exceso de empatía o de inquietud choca frontalmente contra el mundo que rodea al genio y supone un drama vital perfecto para que Hollywood se cebe con él. Y ya si nos centramos en el cónyuge de cualquiera de estas mentes pensantes, el fango se nos sube hasta las orejas.

Muchos grandes cerebros han gozado de la suerte de tener a otra persona detrás. Alguien que les puliera el pedestal, les organizara la mesa y, de vez en cuando, también las ideas. Un hombro sobre el que apoyarse o, más bien, dejarse caer. El problema llega cuando el que actúa de bastón tiene que sacrificar sus propias aspiraciones en pos de una empresa más ambiciosa: la del que duerme a su lado.

A la señora Hawking todo se le mezcló, además, con la mala suerte. Stephen fue diagnosticado de ELA y el apoyo, además de anímico, se transformó en vital. Jane tuvo que dejar para más tarde su doctorado en literatura española (otra curiosa coincidencia), aunque hemos de agradecerle que lo finalizara y ahora conceda todas las entrevistas en español. Mientras era testigo de la degradación física de su esposo, se dedicó a alimentar la mente del genio sin ayuda de enfermeras. Durante el primer acto de su película, una empatiza tanto con ella y con la personalidad de su marido, que también se habría comprometido con fe ciega a esos dos años de cuidado y sacrificio. El problema es que Hawking se reveló como un milagro de Dios o de la ciencia (a saber) y la cosa se dilató hasta veinticinco. Es obvio que hay situaciones que no hay amor que las soporte. Por mucho que haya un genio implicado.

Con Margaret Keane la cosa fue, si cabe, aún más enrevesada. Resultaba que la artista era ella, y que el único talento de su marido consistía en la labia para la venta. Walter era un embaucador, un vendehumos de personalidad arrolladora. Y fue Margaret quien enseguida se vio arrollada por ese tren de temperamento. Y a falta de carácter, buenas son tortas. Literal.

Si enmarcamos todo esto en un mundo más proclive al logro masculino (no se engañen, no hemos avanzado mucho en esta materia), tuvieron que pasar algunos años hasta que la señora Keane sacara a la persona que llevaba dentro y demostrara ante un juez que la verdadera artista del matrimonio era ella. Casi pidiendo disculpas, como suele ser habitual en estos casos. Es más cercano de lo que se piensan. Ocurre en las mejores familias, no se crean.

Pero continuemos con la señora Keane. Es irónico que, aunque el asunto quedó bien zanjado, el ambicioso señor Keane continuó reclamando como propios, y hasta su muerte, los diversos logros de su ex pareja. Tal vez no quería analizar su propia inferioridad. O le venía mal apuntarse a clases de pintura. Puede que le jorobara no tener a quién dominar. Quién sabe. Qué más da.

Una acopia todos estos datos, los madura en su interior, y se pregunta si tantos desvelos merecen la pena. Si es justo que una obra próspera (ya sea artística o científica) conlleve una contrapartida con tanto sufrimiento, a gente padeciendo por el camino. Lo de “para presumir hay que sufrir”, que es un refrán muy cristiano. Un pequeño tropezón para un hombre (o para su esposa) permite un gran paso para la humanidad.

Tal vez no sea una cuestión de justicia. Puede que la respuesta esté en el balance. Si en el resultado predomina la suma o la resta: el caso de Margaret Keane acabó de la mejor de las maneras, con su talento reconocido y una película de Tim Burton todita para ella. Mientras que Jane Hawking pasó veinticinco años de su vida haciendo de secretaria, ama de casa y enfermera aunque, a buen seguro, transcurrieron trufados de momentos felices. Su relato cinematográfico también le hace justicia (tanto a ella como a su marido), pero quizá su resumen es bastante más agridulce. Sólo ella sabrá si todo le mereció la pena.

Si me dejaran hacer una sola pregunta en una hipotética rueda de prensa, estoy convencida de que esta sería mi elección: querría saber si los protagonistas habrían cambiado algo de su vida, si creen que su sufrimiento compensa. Ignoro lo que me contestarían. Qué difícil es esa respuesta.

lunes, 29 de diciembre de 2014

2015 al aparato


En estos días en los que el mundo parece una portada de revista. En estas semanas de noticia carnavalera y jarana marbellí. Durante estas jornadas en las que te topas con caricaturas suculentas de la vida diaria (ver foto), una se ve obligada a hacer el alto en el camino.

Pues menudas condiciones. Así no hay quien recapitule con decencia. Tenemos el arte destrozado, empotrado contra una señal de prohibido, al lado de los tuertos, las pechotes, los bigotes y los coletas. En estos días el mundo se me antoja una partida de "Quién es quién".

Cuando tomé esta instantánea tan sorprendente, pensé que tal vez reivindicara una metáfora exacta de lo que está pasando en este país. Vivíamos aletargados y de repente nos cambiaron el Matrix. Y con estos modales, oiga. Que no es plan.

Al menos, como decían, nos queda la palabra. Pero ese "al menos" no me anima a conformarme.
Todos brindamos deseando un 2015 más próspero, menos humillante y, ante todo, más justo. Un año en el que lucir nuestra sonrisa Profident.

Porque de veras queremos hacerlo. Podemos apretar muy fuerte los párpados y pedir el deseo: una sonrisa de esas tan grandes que parecen el logotipo de Risi. Pídela para Reyes. Hazlo, en serio. En este país la risa nunca sobra.

Qué sería de nosotros sin el humor y las playas de Benidorm. Doy todos los días las gracias por nuestro ADN incombustible. De ese que no se calcina. El del anuncio de Campofrío.

Desde esta patria de Gila, brindo por todos vosotros y os deseo un año impecable. Y al enemigo, pues que se ponga.

jueves, 23 de octubre de 2014

Tú fuiste el primer Goonie


El cementerio de Montmartre madruga con una brisa engañosa. En septiembre el aire de París es frío, el sol calienta poco y los paseos se vuelven una locura ante la indecisión (tortura, a veces) de no saber qué hacer con la rebecaDeambulo entre las filas de lápidas, me cubro con mi chaquetita y sonrío al percibir la ironía:

“Rebeca”. Un sustantivo común del que pocos conocen su origen cinéfilo. Una muestra de la influencia que Hitchcock ha tenido, y sigue teniendo, en nuestras vidas. Todo gracias al maestro inglés y a su primera película rodada en América. 

Por culpa de una protagonista que jamás aparece en el film y por influencia de la moda de una época, las mujeres españolas llamamos "rebecas" a esas chaquetas de lana que se ajustan en el talle y que causaron furor en los cuarenta. No sabía Hitchcock que su poder se extendería allende los mares. Tal vez nunca supo de dicha influencia.

Vuelvo a mirar el mapa del cementerio. Sé que no me he perdido, pero necesito cerciorarme. La impaciencia me apremia. Camino un poco más y compruebo que la senda recorrida es la correcta. Una lápida negra. Sencilla. Sobria. A juego con ese blanco y negro nouvelle vague de belleza turbadora. Un lugar de curiosa peregrinación, sobre todo para alguien que no tiene enterrado allí a nadie cercano. O, al menos, eso cree todavía.

Hace ya algunos años que me hice esta promesa. Cuando estaba acabando la carrera, unos estudios que comencé gracias a mi amor al cine, pensé que la mejor manera de complementarlos era apuntarme a unas clases de guión de las que supe a través de un compañero. El profesor se trataba de un guionista ya mayor. Su trayectoria era notable y sus conocimientos, según mi amigo, bastante precisos, así que decidí probar con el curso, pues unas clases de narrativa y de confección de cine no le hacen mal a nadie.

No sabía yo, que mi trayectoria estaba virando hacia el lugar más insospechado. Pero quién iba a predecirlo. Aún no se había inventado el giratiempo.

Con las clases de Miguel me enamoré de una época dorada. Redescubrí a Welles y a Hitchcock desde la perspectiva del creador, del artesano del cine, y entré de lleno en el mundo de François Truffaut y de los Cahiers du Cinéma. De Truffaut yo sólo sabía que había co-protagonizado una de mis pelis favoritas. Pero pronto descubrí que Miguel y él se habían conocido, que habían intercambiado palabras y copas de vino en sus vivencias parisinas de juventud. A través de Miguel supe de los cuatrocientos golpes de François, que parecían mil. De su noche americana, de sus penurias y de sus excesos, pero también vislumbré su magia, aunque fuera a través del ojo de la cerradura, pues los recuerdos no son sino los ecos de una realidad ya caduca. 

Me bebí en vena el libro que Truffaut le dedicó a Hitchcock, esa entrevista intensa de maestro a maestro y cuyas primeras páginas servirían de inspiración para comenzar con las novelas de Alfred y Agatha.

Qué irónico que ahora me vea ante el mismo Truffaut y que la vida haya dado tantas vueltas. Tengo delante de mí (aunque sería más correcto decir "debajo"), al culpable de que Hitchcock se me apareciera. El responsable de su espectro, de esa musa que, una vez más allende los mares, me guió por un camino que fue una ruta en línea recta.

Invitaría a François a un buen Pinot Noir en la plaza de Émile Goudeau para darle las gracias. También le hablaría de mi siguiente novela. De mi camino recorrido, de su implicación en el mismo y de cómo le admiro por ser el nexo de unión entre todos los creadores que han guiado mi forma de mirar.

Lástima, François, que nos haya separado una generación y no hayamos podido hablar de nuestras cosas. Sé que habría sido una velada estupenda. Que habríamos cosechado buenos brindis bajo los emparrados de la Butte. Te habría contado que tú prendiste la mecha, que la antorcha ardió y que se ha convertido en una colección de libros que ilusionan a niños de las partes más diversas del mundo. Cada vez son más, y todo es gracias a tu osadía, gracias a esa ilusión por entrevistar a un maestro que me hizo a mí recrearlo cuando era pequeño.

Así que no me queda otra. Tú lo has querido. He tardado en venir a visitarte, pero no te enfades, que aquí tienes tu carnet de detective. Un pedazo de papel que ha condecorado a miles de lectores. Todos participan del mismo club de investigadores del que quiero que tú también formes parte. Serás su socio honorífico.


Aquí está. Aquí te lo dejo. Y ahora todo cobra sentido. Siento que cierro un círculo y que ahora puedo decir que tengo a alguien a quien visitar en Montmartre.

Ahora puedo afirmar que, al fin, somos amigos.